Esa tarde, Daniel finalmente apareció.
Se veía terrible.
Tenía los ojos hinchados, el cabello despeinado y la seguridad que había mostrado al acusarme había desaparecido.
Pero cuando lo vi de pie en la puerta, no sentí alivio.
Solo rabia.
Una doctora de familia en quien mi madre confiaba aceptó hablar con nosotros en privado.
Daniel se sentó frente a mí.
Apenas podía levantar la mirada.
La doctora escuchó toda la historia sin interrumpir.
Luego miró directamente a Daniel.
—No existe ningún examen físico ni señal confiable que pueda demostrar si una mujer ha tenido relaciones sexuales anteriormente.
Daniel frunció el ceño.
—Pero siempre escuché…
—Lo que escuchaste es un mito —lo interrumpió con calma.
Explicó que algunas mujeres sangran durante su primera relación sexual, otras no, y que muchas diferencias anatómicas completamente normales pueden influir en lo que sucede. La ausencia de sangrado no demuestra actividad sexual previa.