Me casé con mi paciente cuando los médicos dijeron que solo le quedaban 3 días de vida. Después del funeral, su hermana me entregó una caja y susurró: “Ella quería que la abrieras cuando ya no estuviera”. Dentro había una carta legal y 1.780.000 pesos a mi nombre. Cuando vio la cifra, dejó de verme como quien cumplió su último deseo y hizo una acusación que podía acabar con mi carrera.

No encontraron ningún indicio de que yo hubiera condicionado la atención de Alicia o buscado obtener dinero de ella.

Pero determinaron que había cometido una falta grave de criterio profesional al aceptar el matrimonio.

No me despedirían.

Podría regresar.

Recibiría una amonestación formal, capacitación obligatoria sobre límites profesionales y un periodo de supervisión clínica.

Mi madre leyó el documento sobre mi hombro.

“¿Vas a aceptar?”

Miré a mi padre.

Luego pensé en Alicia.

En la habitación.

En su pañuelo.

En aquella sonrisa después de la ceremonia.

Y también pensé en todo lo que había ocurrido después.

“Sí.”

La renuncia a los 1.780.000 pesos se hizo definitiva.

Mis deudas continuaron existiendo.

La ironía era casi perfecta.

Alicia había querido regalarme libertad y yo había terminado comprendiendo que aceptar aquel dinero habría hecho imposible recuperar otra cosa mucho más importante.

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