Me despidieron por salvar a un anciano sin identificación mientras mi mamá se quedaba sin medicinas; al amanecer, un hombre de traje llegó a buscarlo y el director del hospital descubrió a quién había dejado abandonado en una camilla

—Si empiezas a reanimarlo, mañana ya no trabajas aquí.

Tenía las manos suspendidas sobre el pecho de aquel hombre. Detrás de mí estaba el doctor Mauricio Cárdenas, jefe de Urgencias del Hospital Santa Lucía, en Puebla. Frente a mí, alguien se estaba apagando.

Y en mi celular seguía abierta una fotografía del medicamento que mi madre necesitaba.

Me llamo Lucía Mendoza. Tenía treinta y un años y llevaba dos doblando turnos para sostener nuestra casa.

Antes de enfermarse, mi mamá cosía uniformes escolares. Con sus encargos había pagado mis estudios de Enfermería y llenado una alcancía donde escribió, con plumón negro: “Para cuando mi hija sea doctora”.

Después llegaron su enfermedad, las consultas y los gastos que nunca terminaban.

La alcancía se vació antes de que yo pudiera presentar el examen de admisión.

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