Me despidieron por salvar a un anciano sin identificación mientras mi mamá se quedaba sin medicinas; al amanecer, un hombre de traje llegó a buscarlo y el director del hospital descubrió a quién había dejado abandonado en una camilla

Aquella tarde, antes de salir, la encontré contando tabletas sobre el mantel.

Cuando me vio, cerró el puño.

—¿Cuántas quedan, mamá?

—Las necesarias.

Le abrí suavemente la mano. Había dos.

La caja costaba más de tres mil pesos. Faltaban nueve días para la quincena.

—Mañana las consigo —le prometí.

Ella me acarició la muñeca.

—No quiero que te acabes por cuidarme.

Le acomodé el suéter para que no viera que se me estaban llenando los ojos.

En el hospital, mi compañera Adriana me esperaba con una torta envuelta en una servilleta.

—Come antes de entrar. Cárdenas viene insoportable.

No era novedad. Al doctor le importaba mucho la reputación del hospital, pero parecía medirla por los apellidos de quienes ocupaban las camas.

Esa noche vi cómo conseguía una habitación privada para el padre de un integrante del consejo, mientras una señora con dolor en el pecho llevaba horas esperando.

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