Unos minutos después, Gabriel regresó.
Don Ernesto había preguntado por mí.
Lo encontré conectado al monitor, con mejor color y una cobija limpia hasta el pecho. Me acerqué despacio.
—Nos dio un buen susto.
Alzó la mano. Se la tomé.
—Me dicen que perdió su trabajo.
No supe dónde mirar.
—Ahorita usted necesita descansar.
—Y usted necesita sentarse.
Gabriel acercó una silla.
Don Ernesto me observó un momento. Ya no parecía confundido, aunque hablar lo cansaba.
—Escuché algunas cosas antes de sentirme peor. No todas. Recuerdo que usted me preguntó mi nombre.
Apreté los labios.
—Era necesario para atenderlo.
—Para usted lo fue.
Después miró a Gabriel.
—Quiero saber qué pasó. Con documentos. Con quienes estuvieron presentes.
No pidió que trajeran a Cárdenas para humillarlo. No amenazó a nadie desde la cama. Exigió que se conservaran los registros y que el consejo escuchara al personal.