—Firme, doña Mercedes. A su edad, empezar de nuevo tampoco debería ser tan complicado.
Yo tenía ochenta y un años. Él llevaba dos máquinas para demoler mi casa.
Entonces empezó aquel ruido en la carretera.
Pero para explicar por qué un centenar de desconocidos llegó a defenderme aquella mañana, tengo que volver a la noche en que regalé lo único que todavía conservaba el olor de mi marido.
Me llamo Mercedes Ríos. Durante casi veinte años atendí una fonda en una carretera vieja de Chihuahua.
Mi esposo, Julián, había sido mecánico antes de descubrir que le gustaba más alimentar viajeros que reparar sus camionetas. Construyó nuestra plancha con piezas que fue reuniendo y pintó a mano el letrero: La Parada de Julián.
Conocía los nombres de los choferes, recordaba quién tomaba café sin azúcar y siempre encontraba un huevo extra para quien llegaba contando monedas.