También tenía una chamarra de piel café.
Había vendido su motocicleta cuando necesitamos dinero para terminar la casa, pero jamás quiso deshacerse de aquella prenda.
—Algo tengo que guardar de cuando todavía hacía locuras —decía.
Murió detrás de la plancha una mañana de martes.
Dos años después, yo seguía mirando hacia la cocina cuando escuchaba una risa parecida a la suya.
La nueva autopista se llevó a nuestros clientes. Empecé a atrasarme con la luz, los proveedores y el crédito de la casa, construida detrás de la fonda.
Aquel invierno, el frío llegó temprano.
La noche que encontré al muchacho había cerrado sin servir una sola cena. Salí a tirar la basura y escuché un roce junto al muro.
Pensé que sería un perro.
Era un adolescente.
Tenía los tenis abiertos de las puntas, una chamarra húmeda y las manos escondidas bajo los brazos. Se había refugiado junto a la salida de aire de la cocina.