El letrero apenas se distinguía.
—Llevas treinta años contando esa noche —murmuré.
—Cada invierno.
Los motociclistas pertenecían a distintos grupos de Chihuahua, Durango, Coahuila y Zacatecas.
Había mujeres y hombres, mecánicos, comerciantes, electricistas, enfermeras, gente jubilada.
Muchos conocían mi historia antes de conocerme a mí.
Eso fue lo más difícil de entender.
Yo había creído que mi gesto se perdió en la carretera.
Para Nicolás se había convertido en una forma de recibir a otros.
Uno de los hombres que repararía mis ventanas me contó que había llegado al taller de Nicolás después de perder su empleo.
Una muchacha me dijo que él le había permitido aprender el oficio cuando en otros lugares se habían reído de ella.
Cada persona traía una historia diferente.
Ninguna me pertenecía.
Sin embargo, todas habían terminado encontrándose en mi patio.