Me llamaron tonta por regalar el abrigo de mi esposo a un muchacho que encontré temblando junto a la basura; treinta años después, cuando llegaron las máquinas para derribar mi casa, cien motociclistas aparecieron con algo que creía perdido para siempre.

Me dolió.

Después vi a Nicolás sentado en el mismo lugar donde había comido aquella noche.

Frente a él estaban su esposa, sus hijos y su nieta.

Le serví café.

—Te tardaste bastante en avisarme.

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