Ricardo entró furioso detrás de Camila.
Ya no parecía el amigo respetable de mi padre. Cerró la puerta, se quitó los lentes y me observó como quien descubre que un problema que creía resuelto acaba de regresar.
—¿Moviste el cuello? —preguntó.
Camila señaló las cápsulas en el piso.
—¡Las escupió! Te dije que algo pasó anoche.
Ricardo revisó mis reflejos. Cuando mi dedo reaccionó, apretó la mandíbula.
—Alguien alteró el tratamiento.
Camila dijo un nombre:
—Andrés.
Fue la primera vez que escuché miedo verdadero en su voz.
Ricardo caminó hasta el carrito médico y empezó a revisar los frascos.
—Tu esposo llevaba días haciendo preguntas. Ayer pidió copias del expediente. Tuve que ordenar que seguridad lo sacara.
Camila golpeó el respaldo de la silla.
—Entonces termínalo hoy.
—No puedo hacer que muera de golpe —respondió Ricardo—. Después de un mes de deterioro progresivo, una muerte súbita levantaría preguntas.