Camila se quedó inmóvil.
No por las cápsulas.
Por mí.
—Tú… —balbuceó—. Tú pudiste hacer eso.
Su cara perdió el color.
Me dio una bofetada y salió corriendo para buscar a Ricardo.
Yo sabía que acababa de gastar mi única ventaja.
Con la mano temblando, recuperé el teléfono. No podía llamar con normalidad, así que abrí el chat de mi abogado, Mauricio Vélez, el único directivo de la empresa que nunca había aceptado la versión de Camila sin hacer preguntas.
Escribí con enorme dificultad:
“ME ESTÁN ENVENENANDO. CAMILA Y RICARDO. HAY VIDEOS. NO AVISES A LA CLÍNICA. LLAMA A FISCALÍA. ANDRÉS ME AYUDÓ.”
Adjunté tres grabaciones.
El envío quedó marcado con una sola palomita.
Sin señal estable.
Volví a intentarlo.
Nada.
Escuché pasos.
Guardé el teléfono entre la sábana y el costado de la silla.