Yo había interpretado esos años como diferencias normales entre hermanas.
Ella los había guardado como humillaciones.
—Yo también soy su hija —continuó—. Pero para él yo siempre era “la hermana de Valeria”. Hasta después de muerto me dejó detrás de ella.
Ricardo respondió:
—Y por eso estamos aquí. Cuando seas presidenta, los contratos que acordamos quedarán firmados y ambos obtendremos lo que nos corresponde.
Ahí apareció la segunda razón.
Ricardo no solo la ayudaba por lealtad. Camila le había prometido contratos millonarios de servicios médicos para empleados del grupo, además de participación en una empresa fantasma que facturaría “programas de salud corporativa”.
No era una conspiración nacida de un impulso.
Llevaban meses preparándola.
Ricardo sacó una nueva ampolleta.
Antes de acercarse, las luces se apagaron.
La habitación quedó a oscuras.
Camila gritó.
Se encendió la lámpara de emergencia.