Me llevaron en silla de ruedas hasta una ventana del octavo piso y mi hermana me susurró que un “accidente” resolvería todos sus problemas. Yo fingí seguir completamente paralizada, porque si descubría que podía mover un dedo, jamás tendría oportunidad de conocer toda la verdad.

Mauricio había recibido los videos y, en lugar de llamar a la administración de la clínica, hizo exactamente lo que le pedí: acudió a la Fiscalía con el material y pidió que intervinieran antes de que pudieran moverme o destruir evidencia.

Dos agentes y personal ministerial entraron acompañados por un médico externo.

Camila comenzó a llorar.

Esta vez de verdad.

—¡Mi hermana está enferma! ¡Su esposo la está manipulando!

Andrés no respondió.

Solo señaló el teléfono.

Uno de los agentes lo recogió con guantes.

La grabación seguía activa.

Había registrado la conversación completa: la asamblea, los poderes provisionales, los contratos de Ricardo, el miedo a que yo hablara y la orden de “terminarlo hoy”.

El rostro del doctor se derrumbó.

Camila todavía intentó sostener la mentira.

—¡Eso está fuera de contexto!

Entonces Mauricio apareció detrás de los agentes con otra carpeta.

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