Me llevaron en silla de ruedas hasta una ventana del octavo piso y mi hermana me susurró que un “accidente” resolvería todos sus problemas. Yo fingí seguir completamente paralizada, porque si descubría que podía mover un dedo, jamás tendría oportunidad de conocer toda la verdad.

Una lágrima bajó por mi mejilla.

No era perdón lo que sentía.

Era vergüenza por haber creído que me estaba matando y alivio porque el hombre al que defendí frente a mi padre no me había traicionado.

Camila reaccionó primero.

Intentó arrebatarle la bolsa.

Ricardo quiso llegar al suero.

Andrés se puso entre ellos y mi silla.

En medio del forcejeo, el teléfono cayó al piso.

La pantalla se encendió.

Camila lo vio.

Su expresión cambió.

—¿Qué es eso?

Se lanzó hacia él.

Yo moví el pie.

No mucho.

Apenas unos centímetros.

Pero fue suficiente para empujar el teléfono bajo la cama.

Los tres me miraron.

Camila abrió los ojos con terror.

—¡Está recuperando movimiento!

Ricardo se agachó para buscar el aparato.

En ese instante se escuchó un golpe seco en la puerta.

—¡Fiscalía! ¡Abran!

Mi mensaje finalmente había salido.

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