—Debí pedir ayuda antes —me dijo—. Casi llego demasiado tarde.
Yo ya podía hablar, aunque lentamente.
—Y yo pensé que querías matarme.
Andrés bajó la cabeza.
—Lo sé.
Nos quedamos en silencio.
Luego nos reímos.
No porque fuera gracioso.
Porque después de tanto miedo, poder tener una conversación normal era casi un milagro.
Tres meses más tarde entré por primera vez de nuevo a las oficinas de Grupo Cortés usando un bastón.
El consejo estaba reunido.
Nadie sabía qué decir.
Algunos habían firmado mi incapacidad basándose únicamente en documentos de Ricardo. Otros habían apoyado a Camila porque era la solución más cómoda.
Me senté en la silla que había ocupado mi padre durante años.
Camila perdió todos sus cargos.
Durante el proceso judicial, sus abogados intentaron presentar lo ocurrido como una crisis emocional nacida de años de resentimiento. Tal vez había resentimiento. Tal vez mi padre había sido injusto al compararnos. Tal vez yo también había sido ciega a muchas heridas.