Me llevaron en silla de ruedas hasta una ventana del octavo piso y mi hermana me susurró que un “accidente” resolvería todos sus problemas. Yo fingí seguir completamente paralizada, porque si descubría que podía mover un dedo, jamás tendría oportunidad de conocer toda la verdad.

Pero nada de eso convertía el veneno en amor.

Nada justificaba destruir a una hermana para ocupar su silla.

La última vez que vi a Camila antes de una audiencia, me miró desde el otro lado de un pasillo.

—Papá te lo dio todo —me dijo.

La miré y respondí:

—No. Papá nos dio muchas cosas. Tú decidiste que lo único que valía era lo que yo tenía.

No volvió a hablarme.

Mi relación con Andrés tampoco regresó a ser exactamente la misma.

Fue mejor.

Ya no estaba basada en la idea de que amar era confiar a ciegas. Aprendimos que amar también era preguntar, verificar, poner límites y no quedarse callado por miedo a crear un conflicto.

Meses después, cuando pude caminar sin bastón por primera vez, Andrés me llevó a la casa donde habíamos vivido antes de la clínica.

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