Me rompí el brazo y le pedí a mi esposo que me ayudara con nuestros gemelos de cinco meses.

—No he oído nada.

—No —dije—. No lo hiciste.

Se acercó y miró la escayola sin tocarla, tal como miras un coche al que le han hecho un rayón con una llave.

—¿Te duele?

—Sí.

—Qué faena, Syl.

Esperé. De hecho, me quedé allí esperando a ver si la siguiente frase llegaba por sí sola.

No llegó.

—Dane, necesito hablar contigo sobre las próximas semanas.

—Vale.

—No puedo cargarlos en brazos.

—¿Qué?

—A los niños. No puedo cargarlos. Órdenes del médico: nada de levantar más de dos kilos y cuarto con este brazo durante seis semanas. Rafe pesa casi siete kilos. Milo, casi siete y medio.

Ya tenía medio cuerpo metido en la nevera.

—Pues cárgalos con el otro.

—Con un brazo. Dos bebés.

—La gente lo hace.

—Dane… —Me senté a la mesa porque la mano había empezado a palpitarme—. Te estoy pidiendo ayuda. Eso es todo. ¿Podrías cogerte un día libre de vez en cuando? ¿O llegar a casa a las cuatro en vez de a las siete, aunque sea dos días a la semana? ¿O trabajar desde casa? Lyle trabaja desde casa los viernes; tú mismo me lo has dicho.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *