—Aquí se sienta gente que se ha ganado su lugar —dijo el capitán, satisfecho con el silencio que acababa de imponer.
Yo llevaba catorce años atendiendo heridos. Sin embargo, aquella mañana, frente a cientos de militares, lo único que él vio fue una mujer callada a la que podía avergonzar.
Me llamo Lucía Salgado. Tenía treinta y cuatro años y pertenecía al servicio de Sanidad del Ejército Mexicano.
Estaba de paso en una instalación militar del centro del país. Debía entregar unos documentos, comer y continuar hacia mi nueva adscripción, donde impartiría capacitación a personal sanitario.
Ese era todo mi plan.
Había aprendido a querer los días que no exigían contar mi historia.
En el uniforme de trabajo llevaba mi apellido y mis insignias. Nada anunciaba lo que guardaba al fondo de la mochila, debajo de unos calcetines y un pequeño costurero.