Una caja gastada.
Dentro había una condecoración que casi nunca sacaba.
También una fotografía que me costaba mirar.
Mi madre me crio en un pueblo de Guerrero, trabajando entre costuras, limpieza de casas y cualquier encargo que ayudara a pagar la semana.
Nunca la vi recibir un reconocimiento por todo lo que sostuvo.
De niña concluí que las personas realmente útiles no necesitaban que las vieran.
Esa idea me acompañó hasta el Ejército.
Mientras otras compañeras levantaban la mano para demostrar lo que sabían, yo comprobaba si alguien tenía una ampolla mal curada o necesitaba ayuda para entender una práctica.
Me gustaba llegar antes de que me llamaran.
Con los años, esa costumbre se convirtió en mi oficio.
Sabía trabajar con miedo. Había aprendido a distinguirlo de la prisa y a impedir que cualquiera de los dos decidiera por mí.