Sentí que no podía respirar.
—Este es mi papá.
—Tomás.
—Y en unos minutos él va a acompañarme al altar.
Los invitados empezaron a aplaudir.
Después se pusieron de pie.
No todos al mismo tiempo.
Primero algunos.
Después casi todos.
Yo lloré.
No de manera digna.
Ni discreta.
Lloré como un hombre que había pasado quince años intentando no hacerlo frente a sus hijas.
Adriana me abrazó.
Después volvió hacia su madre.
Y aquí fue donde mi hija demostró que era mejor persona de lo que yo habría sido.
—Mamá.
—No voy a hacer que te saquen.
Verónica levantó la cabeza.
—Puedes quedarte.
—Puedes ver la ceremonia.
—Hay un asiento atrás.
—Pero no vas a caminar conmigo.
—No vas a posar conmigo como si hubieras criado a la mujer que soy.
—No vas a decirle a nadie que “por fin estamos juntas otra vez”.