—Ya hiciste suficiente solo.
Ahora todas mis hijas vienen a comer los domingos siempre que pueden.
Es un desastre.
Hay ruido.
Siempre alguien llega tarde.
Siempre falta una silla.
Siempre alguien pelea por el baño.
Y siempre hay demasiada comida.
Es lo mejor que he construido.
No nació de dinero.
Nació de turnos dobles.
Libros prestados.
Peinados terribles.
Tarjetas escritas a medianoche.
Y seis niñas que crecieron sabiendo que al menos una persona nunca iba a irse.
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EPÍLOGO: LA TARJETA
Conservé una de aquellas tarjetas.
La primera.
El sexto cumpleaños de Adriana.
En ella escribí:
“Espero que tengas un día precioso. Estoy muy orgullosa de ti. Con amor, mamá.”
Mi letra.
Su nombre.
Durante años me avergonzó aquella tarjeta.
Parecía una mentira.
La Navidad pasada, Adriana me la pidió.
Pensé que quería tirarla.
Semanas después me entregó un paquete.
La había enmarcado.