MI ESPOSA ME DEJÓ SOLO CON NUESTRAS SEIS HIJAS PARA IRSE CON UN HOMBRE RICO. QUINCE AÑOS DESPUÉS APARECIÓ EN LA BODA DE NUESTRA HIJA MAYOR VESTIDA COMO SI NUNCA HUBIERA PASADO NADA. ENTONCES MI HIJA PIDIÓ QUE TRAJERAN UNA CAJA ENORME FRENTE A MÁS DE CIEN INVITADOS. CUANDO SU MADRE VIO LO QUE HABÍA DENTRO, DEJÓ DE SONREÍR.

—Ya hiciste suficiente solo.

Ahora todas mis hijas vienen a comer los domingos siempre que pueden.

Es un desastre.

Hay ruido.

Siempre alguien llega tarde.

Siempre falta una silla.

Siempre alguien pelea por el baño.

Y siempre hay demasiada comida.

Es lo mejor que he construido.

No nació de dinero.

Nació de turnos dobles.

Libros prestados.

Peinados terribles.

Tarjetas escritas a medianoche.

Y seis niñas que crecieron sabiendo que al menos una persona nunca iba a irse.

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EPÍLOGO: LA TARJETA

Conservé una de aquellas tarjetas.

La primera.

El sexto cumpleaños de Adriana.

En ella escribí:

“Espero que tengas un día precioso. Estoy muy orgullosa de ti. Con amor, mamá.”

Mi letra.

Su nombre.

Durante años me avergonzó aquella tarjeta.

Parecía una mentira.

La Navidad pasada, Adriana me la pidió.

Pensé que quería tirarla.

Semanas después me entregó un paquete.

La había enmarcado.

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