No sé si lloró.
No sé si entendió algo.
Ya no necesito saberlo.
Mis otras cinco hijas también estuvieron en la boda.
Aquella noche Julia, la menor, me preguntó:
—Papá.
—¿Alguna vez deseaste que mamá no se hubiera ido?
Pensé mucho antes de responder.
No quería darle una respuesta bonita.
Quería darle una respuesta verdadera.
—No.
Julia pareció sorprendida.
—¿No?
—No.
—Si se hubiera quedado sin querernos, quizá habríamos vivido quince años dentro de una casa llena de resentimiento.
—En cambio, me tocó ser su papá completamente.
Sonreí.
—Fue muy difícil.
—Pero jamás cambiaría haberlas criado.
Julia me abrazó tan fuerte que casi perdí el equilibrio.
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PARTE 7: LOS DOMINGOS
Adriana y su esposo decidieron quedarse en la ciudad.
Para mí fue uno de los mejores regalos de la boda.
Cuando lo anunciaron, Adriana dijo:
—Alguien tiene que ayudarte con los últimos años adolescentes de Julia.