MI ESPOSA ME DEJÓ SOLO CON NUESTRAS SEIS HIJAS PARA IRSE CON UN HOMBRE RICO. QUINCE AÑOS DESPUÉS APARECIÓ EN LA BODA DE NUESTRA HIJA MAYOR VESTIDA COMO SI NUNCA HUBIERA PASADO NADA. ENTONCES MI HIJA PIDIÓ QUE TRAJERAN UNA CAJA ENORME FRENTE A MÁS DE CIEN INVITADOS. CUANDO SU MADRE VIO LO QUE HABÍA DENTRO, DEJÓ DE SONREÍR.

—Yo merezco más.

Se fue.

Y durante quince años prácticamente desapareció.Me llamo Tomás.

Y aquellas seis niñas se convirtieron en toda mi vida.

Adriana.

Gabriela.

Elena.

Sofía.

Lucía.

Y nuestra bebé, Julia.

Trabajé turnos dobles.

Aprendí a hacer trenzas viendo revistas y videos.

Aprendí que “rosa” no es un solo color.

Que hay una diferencia muy seria, según una niña de siete años, entre rosa pastel, rosa chicle y rosa mexicano.

Aprendí a hablar de menstruación sin morir de vergüenza.

Aprendí qué decir cuando un novio rompía un corazón.

Qué no decir cuando una adolescente solo necesitaba llorar.

Nunca falté a una presentación escolar.

Ni a una consulta.

Ni a una ceremonia.

Ni a una competencia.

Quince años después, Adriana iba a casarse.

Cuando le conté que su madre había escrito, esperaba verla enojada.

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