El silencio fue brutal.
Tomás respiró con dificultad y continuó:
—Escuché a Isabel llorar. Escuché a Camila llamarme. Escuché cuando te inclinaste sobre mi cama y dijiste que, si despertaba, tenía que recuperar la casa para Mauricio. Y escuché que preferías que siguiera sin reaccionar unos meses.
Teresa comenzó a negar con la cabeza.
—Estabas sedado. Pudiste soñar.
—También escuché a Mauricio decirle al doctor que no necesitaba matarme, solo mantenerme fuera del camino.
Mi suegro Enrique, que estaba cerca de la puerta, bajó la mirada. Durante años había evitado cualquier discusión con su esposa. Aquella vez parecía un hombre que por fin comprendía el precio de su silencio.
Tomás giró hacia él.
—Papá, tú nunca hiciste nada. Ese también fue un modo de elegir.
Enrique lloró.
Tres días después hubo una reunión formal entre representantes del hospital, la policía, los abogados y varios miembros de la familia. Alejandro abrió el sobre que Tomás había dejado antes de operarse.