Diego lo sabía, pero siempre la llamó “nuestra casa”. Yo lo dejé pasar. Creí que era amor.
Al principio Diego era perfecto. Atento, detallista, de esos que te llevan el desayuno a la cama.
Pero tenía un fantasma con nombre y perfume caro: Camila, su exesposa.
Nunca me insultaba directamente. Era gota a gota.
Si hacía enchiladas verdes, decía:
—A Camila le quedaban más picositas, con menos crema.
Si compraba sábanas:
—Camila prefería el algodón egipcio.
Si movía un sillón:
—Así se veía mejor cuando vivía Camila.
Aguanté porque estaba enamorada y embarazada de nuestra primera hija.
Hasta que dos semanas antes de su cumpleaños, mientras hacíamos la lista de invitados, soltó:
—Voy a invitar a Camila.
—¿A tu exesposa? ¿A mi casa?
—No terminamos mal. Mi mamá la adora. Todavía es parte de la familia, Vale.