Mi esposo invitó a su exesposa a su cumpleaños porque, según él, ‘todavía es parte de la familia’. Cuando ella ocupó mi silla y él dijo delante de todos: ‘Ella llevaba esta casa mejor que tú’, no discutí. Esperé al postre y repartí 8 sobres con una foto del hotel. Pero el documento que guardé para el final hizo que dejara de gritar.

—La familia ahora soy yo y la bebé que viene.

Me besó la frente con esa sonrisa condescendiente y dijo:

—No seas insegura. Estás hormonal.

Esa frase se me clavó.

Acepté. No porque estuviera de acuerdo, sino porque once días antes había encontrado algo en su portafolio que me hizo dejar de discutir y empezar a planear.

El día del cumpleaños, Camila llegó tres horas antes.

Traía vino tinto y la seguridad de quien cree que sigue siendo la dueña.

—Los lirios se ven mejor en el florero azul —dijo sin saludar.

Abrió mi alacena y sacó el florero azul. Sabía exactamente dónde estaba.

Luego cambió copas, movió platos y reacomodó las tarjetitas con los nombres que yo había escrito a mano.

Y se sentó.

En la cabecera. Junto a Diego. En mi silla.

—Ese es mi lugar —le dije.

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