—Hay muchas sillas, Valeria. ¿Te vas a pelear por una silla?
Volteé a ver a Diego, esperando que me defendiera.
No dijo nada. Solo le sirvió más vino.
Cuando llegaron mi suegra, mis cuñadas, dos amigos de Diego y mi hermano Julián, intenté ser la anfitriona perfecta.
Pero Camila contaba anécdotas de su matrimonio como si yo fuera invisible.
—¿Te acuerdas de esa Navidad en Vallarta que tu mamá casi quema el pavo?
Diego se carcajeaba. Todos reían.
Hasta yo, por compromiso, hasta que sentí a mi hija moverse y me acordé de por qué estaba aguantando.
Camila se paró a media cena, recogió platos aunque seguíamos comiendo y gritó desde la cocina:
—¡Diego! ¡Cambiaron todo! ¡Ya no encuentro nada!
Y Diego, mi esposo, el padre de mi hija, me miró y soltó frente a todos la frase que me rompió por dentro:
—Pregúntale a Valeria. Ahora ella organiza. Aunque, siendo sinceros, Camila sabía llevar una casa mucho mejor que tú.