—Me dijeron que habías muerto, cariño. Te he echado de menos todos y cada uno de los días de mi vida.
Dos semanas después, me dieron el alta hospitalaria.
Los médicos me recetaron un tratamiento y Emily me llevó a vivir a su casa.
Allí conocí por primera vez a mis nietos.
Mi pequeña nieta me abrazó y me dijo:
—Abuelita, llevábamos muchísimo tiempo esperándote.
Aquella noche, por primera vez en cincuenta años, me senté a una mesa donde nadie me ordenaba trabajar.
Nadie me exigía dinero.
Nadie me llamaba inútil.
Robert me llamó repetidamente, suplicando que lo perdonara.
Pero decidí no regresar.
Emily me ayudó a conseguir asesoramiento legal y, por fin, pude tomar el control de mi propia vida.
Hoy tengo setenta y siete años.
Mi salud está mejorando poco a poco.
Cada mañana, mi nieta me trae una taza de té y me dice: