Mi esposo prefirió llevar a su secretaria a la cena que podía salvar su empresa y me dejó sola bajo la lluvia. “No me esperes”, me escribió como tantas veces durante nuestros 3 años de matrimonio. Esta vez le hice caso. Pero cuando llegó el momento de brindar con el presidente, él no levantó la copa; miró a mi esposo y preguntó: “¿Dónde está mi única hija?”… y el verdadero origen de su éxito empezó a salir a la luz.

Las invitaciones a cámaras empresariales.

Los créditos preferenciales.

Todo había pasado por contactos de Grupo Salazar o por capital mío colocado discretamente.

Mauricio creía que finalmente el mundo había reconocido su talento.

—Papá —dije—, esta noche negocia con él como negociarías con cualquier empresario.

Mi padre entendió.

—¿Y tú?

Miré la reservación que tenía preparada desde hacía días.

—Me voy a Puerto Vallarta. Necesito ver a la tía Teresa.

Antes de abordar, recibí una fotografía de Renata.

Ella estaba sentada junto a Mauricio en la cena. Su mano descansaba sobre el respaldo de su silla.

Pero lo que me hizo detenerme no fue eso.

En sus orejas llevaba los pendientes de perlas que habían pertenecido a mi madre.

Los mismos que guardaba bajo llave en mi recámara.

Le envié la fotografía a mi padre.

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