—Antes de morir —continuó—, mi esposa dejó esas joyas para nuestra única hija.
Mauricio dejó de respirar.
Mi padre sacó su teléfono.
En la pantalla estaba la imagen de la cámara de seguridad: yo sobre la banqueta, sin abrigo, mientras el coche de Mauricio se alejaba.
—Señor Robles, ¿reconoce ese automóvil?
Nadie hablaba.
—Sí.
—¿Y reconoce a la mujer?
Mauricio tragó saliva.
—Es… mi esposa.
Mi padre sonrió sin alegría.
—Perfecto. Entonces no tenemos ningún problema de memoria.
Renata dio un paso atrás.
Mi padre caminó alrededor de la mesa.
—Durante tres años, Constructora Robles recibió financiamiento extraordinariamente favorable. Consiguió clientes a los que empresas diez veces mayores no podían acercarse. Entró a proyectos para los cuales, francamente, todavía no tenía tamaño suficiente.
Mauricio parecía cada vez más confundido.
—Yo pensé que…
—Ya sé lo que pensaba. Pensaba que era un genio.