Mi padre dejó lentamente la taza de café sobre el plato.
—Qué curioso.
Alrededor de ellos, varios empresarios comenzaron a prestar atención.
—Hace menos de dos horas —continuó mi padre— una mujer estuvo quince minutos afuera de este hotel, bajo la lluvia, sin abrigo.
Mauricio palideció.
—No entiendo qué tiene que ver…
—Todavía no he terminado.
Entonces mi padre miró a Renata.
—Esos pendientes.
Ella se tocó las orejas.
—¿Sí?
—¿Dónde los consiguió?
—Fueron… un regalo.
—¿De quién?
Renata miró a Mauricio buscando ayuda.
Mi padre se puso de pie.
—Esas perlas pertenecieron a mi esposa.
La copa de Renata chocó contra la mesa.
Mi madre había muerto cuando yo tenía doce años. Mi padre podía reconocer cada pieza de su joyero porque había sido él quien las había comprado a lo largo de casi veinte años de matrimonio.