Mi esposo prefirió llevar a su secretaria a la cena que podía salvar su empresa y me dejó sola bajo la lluvia. “No me esperes”, me escribió como tantas veces durante nuestros 3 años de matrimonio. Esta vez le hice caso. Pero cuando llegó el momento de brindar con el presidente, él no levantó la copa; miró a mi esposo y preguntó: “¿Dónde está mi única hija?”… y el verdadero origen de su éxito empezó a salir a la luz.

Mauricio comenzó a negar con la cabeza.

—No…

—Y yo cumplí mi palabra.

Mi padre tomó el teléfono, amplió la imagen de la mujer abandonada bajo la lluvia y la puso frente a él.

—Pero esta noche terminó ese acuerdo.

Mauricio observó mi silueta en la pantalla, después los pendientes de mi madre en las orejas de Renata y finalmente el rostro de Eduardo Salazar.

Mi padre se inclinó hacia él.

—La mujer que usted bajó del coche para darle su lugar a su secretaria… es mi única hija.

El silencio que cayó sobre aquel salón fue tan absoluto que Mauricio pudo escuchar el cristal de la copa de Renata romperse contra el piso.

Y lo peor para él era que mi padre todavía no había dicho qué iba a pasar con su empresa.

PARTE 3

Cuando mi padre pronunció mi nombre completo, Mauricio tuvo que apoyarse en una silla.

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