Mauricio comenzó a negar con la cabeza.
—No…
—Y yo cumplí mi palabra.
Mi padre tomó el teléfono, amplió la imagen de la mujer abandonada bajo la lluvia y la puso frente a él.
—Pero esta noche terminó ese acuerdo.
Mauricio observó mi silueta en la pantalla, después los pendientes de mi madre en las orejas de Renata y finalmente el rostro de Eduardo Salazar.
Mi padre se inclinó hacia él.
—La mujer que usted bajó del coche para darle su lugar a su secretaria… es mi única hija.
El silencio que cayó sobre aquel salón fue tan absoluto que Mauricio pudo escuchar el cristal de la copa de Renata romperse contra el piso.
Y lo peor para él era que mi padre todavía no había dicho qué iba a pasar con su empresa.
PARTE 3
Cuando mi padre pronunció mi nombre completo, Mauricio tuvo que apoyarse en una silla.