Durante años habíamos escuchado una sola historia: Mateo había abandonado a su esposa y a su hija. Mis padres lo llamaban sinvergüenza. Fernanda lloraba en las reuniones familiares y decía que había aprendido a ser madre sola.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
—Porque no quería que Sofía creciera oyendo a todos hablar mal de su mamá. Y porque Fernanda me amenazó con desaparecer con ella si yo peleaba la custodia.
Después me enseñó algo más grave.
Videos recientes mostraban a Fernanda saliendo de bares y subiendo al coche después de beber. En el asiento trasero, Sofía dormía en su silla infantil.
—Tengo cuatro ocasiones documentadas —dijo Mateo—. También mensajes donde me pide adelantos de manutención porque “Sofía necesita cosas”, y al día siguiente publica viajes o noches de fiesta.
Sentí náuseas.
Recordé cuántas veces mi madre había dicho que Fernanda “se sacrificaba por su hija”.