Me había pedido que viviera.
Daniel llamó a la mañana siguiente.
Contesté.
—Hola, mamá.
—Hola.
Siguió un largo silencio.
Entonces dijo:
—¿La leíste?
—Sí.
—¿Toda?
—Sí.
—Lo siento.
—Lo sé.
—Eso no lo arregla.
—No.
Otro silencio.
—No espero que me perdones de inmediato.
—Me parece bien.
Casi se rio.
Casi.
Entonces se le quebró la voz.
—Mamá, de verdad llevé esos papeles.
—Lo sé.
—Nunca habría falsificado nada.
—Eso también lo sé.
—Solo pensé que, si te lo explicaba de la manera correcta…
—¿Que te daría una parte de mi casa?
No respondió.
—Daniel, ¿entiendes lo aterrador que es eso para mí?
—Sí.
—No.
Creo que todavía no.
Miré el agua a través de la barandilla del porche.
—No solo asumiste que algún día heredarías algo.
Empezaste a hacer planes con ello mientras yo todavía estoy viva.