—Entonces los buenos sí se quedan —dijo muy bajito—. Y si se quedan, a lo mejor el mundo no estaba roto. Solo el mío.
Estacioné. Ninguna de las dos se movió.
—Te creo que no querías quitarme a Joaquín —le dije—. Y entiendo que estabas herida. Pero estar herida explica por qué querías que él fallara. No explica por qué mi “no” dejó de importarte.
Por una vez, no discutió.
Sin más pruebas
En la cocina, Brenda levantó la bata de los gatitos.
—Perdón. No por estar con el corazón roto; eso pienso seguir estándolo un tiempo, y con mucho drama.
—Tienes permiso.
—Perdón por decidir que tenías que demostrarme que tu límite era razonable antes de respetarlo. Era tu casa. Dijiste que no. Con eso tenía que alcanzar.
Esa tarde le dimos a la palabra “temporal” un significado real: ella seguiría buscando trabajo, veríamos anuncios juntas, aportaría algo para el súper cuando empezara a ganar y pondríamos una fecha de mudanza. No mañana. Una fecha posible.