—Y nada de pruebas —le dije.
—Eso debería ser ley universal —dijo Joaquín, entrando con las bolsas del súper—. Nunca más pruebas.
—Nadie te preguntó —le dijo Brenda, y le tiró un trapo de cocina. Él lo atrapó riéndose.
A la mañana siguiente, Joaquín ya estaba con su café cuando escuchamos pasos en la escalera. Brenda entró con la bata rosa de gatitos bien atada y la manga corta asomando. Ridícula. Y completamente tapada.
Fue a la cafetera, estiró la mano hacia el café de especialidad que Joaquín cuida como un tesoro… y se detuvo.
—¿Puedo usar un poco?
—Claro.
—Gracias.
Nada más. Una pregunta. Permiso. Respeto.
Los filtros seguían en la repisa más alta. Brenda se puso de puntillas y no llegó. Joaquín empezó a levantarse por reflejo.
—Siéntate —dijo ella sin darse vuelta.
Él se sentó. Brenda arrastró una silla, se subió y bajó los filtros sola. Cuando se bajó, me vio sonriendo.