Con el tiempo compramos dos vasos baratos, unas cortinas amarillas y una mesa usada. Mi mamá nos regaló una olla. Mi papá instaló un librero.
Aquel pequeño departamento comenzó a sentirse más hogar que la enorme casa de Juriquilla.
El divorcio avanzó.
Las convivencias de Mauricio con Sofía quedaron sujetas a las condiciones establecidas durante el proceso y, por recomendación profesional, Teresa no podía recogerla del colegio ni llevársela sin autorización.
La casa fue el golpe final.
Mauricio intentó sostenerla durante meses.
No pudo.
Su sueldo no alcanzaba para la hipoteca, el préstamo personal, los gastos y los pagos derivados del acuerdo por el dinero de mis padres.
Finalmente vendió la propiedad para cubrir buena parte de sus obligaciones.
La “casa de la verdadera familia” que Teresa había preparado para su nieto varón desapareció antes de que Mateo pasara una sola noche ahí.