Mi hija de 5 años me dijo: «Mamá, cuando llega la hora de dormir en casa del abuelo, me llama a su habitación, me pide que cierre los ojos y jugamos a un juego secreto. Pero me dijo que no podía contártelo». Me quedé paralizada. Al día siguiente, entré a escondidas en el dormitorio de mi padre…

Mi padre abrió el viejo libro.

Entre sus páginas había dibujos de colores.

Corazoncitos.

Flores.

Una casa grande.

Y tres personas: el abuelo, mamá y una niña.

—¿Ves este dibujo? —me preguntó mi padre—. Un día, Emily me preguntó por qué a veces me ponía triste cuando miraba fotografías antiguas. Le conté que una vez tuve una niña a la que echaba muchísimo de menos.

—¿Y qué te dijo?

Mi padre sonrió entre lágrimas.

—Me dijo: «Abuelo, si esa niña ya no puede estar aquí, yo puedo darte abrazos por ella».

Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.

Pero todavía no entendía lo más importante.

—¿Y lo de cerrar los ojos? ¿Por qué la llamabas a tu dormitorio antes de acostarse?

Mi padre se levantó lentamente y abrió un cajón.

Sacó un álbum de fotografías grande y precioso.

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