Mi padre abrió el viejo libro.
Entre sus páginas había dibujos de colores.
Corazoncitos.
Flores.
Una casa grande.
Y tres personas: el abuelo, mamá y una niña.
—¿Ves este dibujo? —me preguntó mi padre—. Un día, Emily me preguntó por qué a veces me ponía triste cuando miraba fotografías antiguas. Le conté que una vez tuve una niña a la que echaba muchísimo de menos.
—¿Y qué te dijo?
Mi padre sonrió entre lágrimas.
—Me dijo: «Abuelo, si esa niña ya no puede estar aquí, yo puedo darte abrazos por ella».
Las lágrimas comenzaron a rodar por mis mejillas.
Pero todavía no entendía lo más importante.
—¿Y lo de cerrar los ojos? ¿Por qué la llamabas a tu dormitorio antes de acostarse?
Mi padre se levantó lentamente y abrió un cajón.
Sacó un álbum de fotografías grande y precioso.