—Yo tampoco.
Eso me golpeó más fuerte que cualquier declaración judicial.
Durante semanas había pensado en castigos, pruebas, responsabilidades y consecuencias.
Mi hija estaba pensando en cómo seguir viviendo.
Los procesos contra los adultos continuaron por caminos diferentes. La llegada armada a mi casa quedó bajo investigación formal. Las amenazas anteriores fueron incorporadas. Algunos padres cooperaron y entregaron conversaciones. Otros contrataron abogados.
No todos recibieron la misma consecuencia.
Y así debía ser.
Algunos habían cometido actos mucho más graves que otros.
Con los alumnos ocurrió lo mismo.
Hubo medidas escolares, evaluaciones psicológicas y procedimientos correspondientes a menores.
Yo no necesitaba que todos fueran destruidos.
Necesitaba que dejaran de esconder lo que cada uno había hecho.
Meses después, una tarde encontré a Camila sentada al borde de su cama.
Llevaba puestos sus dos tenis.
Uno estaba perfectamente amarrado.
El otro tenía las agujetas arrastrándose por el piso.