Yo quería devolverle pequeñas decisiones.
Ella escogía qué lámpara quedaba encendida durante la noche.
Decidía si la puerta de su cuarto quedaba abierta o cerrada.
Antes de las terapias, le explicábamos lo que iba a ocurrir.
Si algo le dolía o la agotaba, podía decir basta.
Al principio pensé que mi tarea como madre era quitarle el miedo.
Luego entendí que eso era imposible.
Mi tarea era enseñarle que podía sentir miedo y aun así tener voz.
Una tarde, después de una sesión difícil, me preguntó:
—Mamá, ¿tú odias a Sebastián?
No contesté inmediatamente.
—Odio lo que te hizo.
—No te pregunté eso.
Sonreí apenas.
Ocho años y ya sabía detectar cuando su madre esquivaba una pregunta.
—No —respondí finalmente—. No quiero pasar el resto de mi vida odiando a un niño.
Ella pensó un momento.