Podía quedarme cuando tuviera miedo.
Podía enseñarle que denunciar una injusticia no la convertía en culpable.
Podía asegurarme de que el miedo jamás volviera a convencerla de que guardar silencio era la única forma de estar a salvo.
Camila deslizó su mano sobre la cama y tomó la mía.
Después puso dos dedos sobre la parte interna de mi muñeca.
Ese gesto era nuestro desde que ella era pequeña.
Cuando mi trabajo me obligaba a irme durante semanas, yo tocaba su muñeca así y le prometía:
—Voy a volver.
Esta vez fue ella quien hizo el gesto.
Me miró.
—Volviste, mamá.
Sentí un nudo en la garganta.
Porque comprendí que ya no estaba hablando del Ejército.
Estaba hablando de cada noche que se despertó asustada.
De cada terapia.
De cada vez que preguntó si la puerta estaba cerrada.