Mi hija tenía 8 años cuando nueve estudiantes la mandaron al hospital con una lesión cerebral. Lo primero que me preguntó fue: “¿Hice mal en contar lo que vi?”. Le dije que no y guardé cada mensaje que recibí después. La escuela intentó proteger su reputación, varios padres intentaron intimidarme y cinco hombres llegaron una noche a mi casa. Pero no sabían que cada palabra estaba siendo grabada.

También lo guardé.

Javier Medina me llamó.

—Sabemos que varios padres están hablando entre ellos. No puedo darle detalles todavía.

—¿Sobre qué?

—Consecuencias legales. Expedientes escolares. Cómo detener la investigación.

—¿Y sobre mí?

Hubo silencio.

—También.

Tres noches después, Camila se quedó dormida en el sofá después de terapia.

Eran las nueve con diecisiete minutos cuando mi teléfono vibró.

Movimiento detectado en la cochera.

Abrí la cámara.

Entraron tres vehículos.

De ellos bajaron cinco hombres.

Reconocí a Ernesto Villarreal inmediatamente.

También reconocí a dos padres de otros alumnos involucrados.

Los últimos dos no los conocía.

Entonces uno giró de lado.

Debajo de su chamarra se marcaba claramente un arma.

Otro ni siquiera trató de ocultar la que llevaba en la cintura.

Llamé a Javier.

—Cinco hombres. Mi casa. Dos armas visibles.

Su voz cambió.

—No abra la puerta. Ya van unidades.

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