Ernesto subió al porche.
Golpeó.
—¡Adriana!
Camila despertó.
Miró hacia la puerta y su rostro perdió el color.
—Mamá…
—Quédate conmigo.
Ernesto golpeó otra vez.
—¡Sólo queremos hablar!
No contesté.
—¡Tú estás destruyendo a nuestros hijos y te escondes ahí dentro!
Uno de los hombres levantó la mirada hacia la cámara.
Perfecto.
Todo estaba quedando grabado.
Ernesto volvió a gritar:
—¡Sal, soldadito! ¡A ver si eres tan valiente aquí!
Durante dieciocho años me entrenaron para observar manos, distancias, ángulos y amenazas.
Una parte de mí hizo todos esos cálculos en segundos.
Pero entonces Camila me agarró la blusa.
—Mamá, no salgas.
Y aquella frase pesó más que toda mi vida anterior.
Me alejé de la puerta.
A lo lejos comenzaron a escucharse sirenas.
Los hombres también las escucharon.
Uno retrocedió.
Otro corrió hacia un vehículo.
Ernesto se quedó inmóvil frente a mi puerta.