Continué leyendo.
“Cuando me dijeron que mi enfermedad avanzaba, lo primero que pensé no fue en mí. Pensé en ella.”
Tuve que detenerme.
Miré a Elena.
Ella ya estaba llorando.
—¿Usted sabía todo esto?
—No todo —respondió—. Lucía me hablaba mucho de Caleb, pero yo tampoco sabía lo que él estaba viviendo hasta bastante tarde.
Volví a mirar la carta.
Las siguientes palabras de mi hijo me rompieron el corazón.
“Sé lo que vas a pensar, mamá. Pero prométeme que nunca creerás que me rendí para ayudarla.
Yo quería vivir. Quería quedarme contigo. Quería cumplir todos esos planes de los que hablábamos.”
Me cubrí la boca con una mano.
Era como escuchar su voz otra vez.
“Pero también sabía que quizá no tendría esa oportunidad. Por eso pregunté a los médicos si, llegado el momento, podría ser donante.”
Caleb había sabido que no podía decidir quién recibiría sus órganos.
El proceso médico tenía sus propias reglas y dependía de compatibilidad, urgencia y otros factores.
Así que jamás tuvo la certeza de que Lucía recibiría su corazón.
Solo existía una posibilidad.
Nada más.
Pero ocurrió.
Después de su muerte, las pruebas demostraron que su corazón podía ser compatible con una paciente que lo necesitaba desesperadamente.
Esa paciente era Lucía.
Seguí leyendo hasta llegar a las últimas líneas de aquella página.
“Si estás leyendo esto, significa que ocurrió algo que ninguno de nosotros podía asegurar que pasaría.”
Lucía está viva, no quiero que la mires y veas solamente mi corazón.”
“Quiero que veas a la chica que me enseñó algo cuando yo todavía creía que tenía toda una vida por delante.”
Debajo había una última frase:
“Pero todavía falta algo que debo contarte, mamá. Algo que nunca tuve valor para decirte mientras estaba contigo.”
Me quedé mirando aquellas palabras.
Pensaba que ya había descubierto el secreto.
Me equivocaba.
La verdadera razón por la que Caleb había escrito aquella carta estaba en la página siguiente.
PARTE 3 — LO QUE MI HIJO NUNCA SE ATREVIÓ A DECIRME
Pasé lentamente a la página siguiente.
Durante unos segundos no pude leer. Las lágrimas me nublaban la vista.