Mi marido me comparó con la esposa de un amigo y soltó: “Ella sí sabe atender a su hombre; con mi sueldo yo no debería tocar ni una escoba”. En vez de pelear, llamé a aquella mujer y después puse todos nuestros recibos sobre la mesa. Lo que descubrí sobre su supuesta “esposa perfecta” me dio una idea, pero el verdadero golpe llegó cuando nuestra tarjeta común quedó en cero.

—El baño completo.

—Sí.

—Regadera, lavabo e inodoro.

Raúl suspiró.

—Sí.

—Y nada de pasar un trapo cinco minutos y decir que ya terminaste.

Él la miró con resignación.

—Entendido.

Una hora después salió del baño despeinado, sudando y con los guantes amarillos puestos.

—¿Tú hacías esto todas las semanas?

Mariana levantó una ceja.

—Entre otras cosas.

—Qué horror.

—Curioso. Hace un mes era “trabajo de mujer”.

Raúl apretó los labios.

—Me merecía eso.

Pero Mariana no quería convertir el matrimonio en una revancha interminable.

Dos noches después lo sentó nuevamente a la mesa.

—No quiero ser tu mamá ni administrarte como si fueras un adolescente.

Raúl asintió.

—Tampoco quiero volver exactamente al presupuesto anterior.

—¿Entonces?

Mariana colocó una libreta entre ambos.

Propuso abrir una cuenta exclusiva para gastos comunes. Cada uno aportaría una cantidad proporcional a sus ingresos. El resto permanecería en sus cuentas personales. Los gastos mayores se hablarían antes.

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