Raúl cerró los ojos.
—Sí.
Aquella respuesta sorprendió a Mariana.
No intentó justificarse.
No dijo que ella exageraba.
No culpó al estrés ni a sus amigos.
—Cuando me quedé sin dinero pensé que el experimento estaba arreglado —continuó él—. Luego pensé que tú escondías algo. Me costaba aceptar que simplemente sabes administrar mejor que yo.
Se rio sin alegría.
—Y también me di cuenta de otra cosa.
—¿Cuál?
—Cuando dejaste de resolverme todo, parecía que la casa se había vuelto complicada. Pero la casa siempre fue complicada. Sólo que tú te encargabas y yo ni siquiera lo veía.
Mariana sintió que la rabia acumulada comenzaba a aflojarse, aunque no desaparecer.
—Decirlo es fácil.
—Lo sé.
Raúl se arremangó la camisa.
—¿Dónde está el cloro?
Mariana casi sonrió.
—En el mueble del lavadero.
—Voy a empezar a pagar mi apuesta.