Mi marido regresó a casa después de seis meses en el extranjero con una niña de cuatro años y me dijo: Nina, esta es mi hija. Pero cuando la pequeña vio nuestra foto familiar, susurró algo que me heló la sangre…

Durante seis meses, había contado los días que faltaban para el regreso de mi marido.

Vadim trabajaba en otro país, donde ganaba tres veces más de lo que podría ganar en nuestra pequeña ciudad. Habíamos acordado soportar aquella separación durante unos años, ahorrar suficiente dinero y, por fin, comprarnos nuestra propia casa.

Al menos, eso era lo que yo creía.

Aquella mañana me levanté a las cinco. Preparé su tarta de manzana favorita, asé un pollo y coloqué flores frescas sobre la mesa.

Nuestro hijo de siete años, Maksim, me preguntaba cada diez minutos cuándo llegaría papá.

Pronto, cariño, le respondía una y otra vez. Muy pronto.

A las once, escuché un coche detenerse frente a la casa.

Corrí hacia la puerta mientras me secaba las manos en el delantal.

Pero cuando puse un pie en el porche, mi sonrisa desapareció.

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