Parte 1
Todavía puedo escuchar la voz de mi padre atravesando la sala de juntas como si hubiera ocurrido ayer.
“Mi hija no está bien de la cabeza. Si yo fuera ustedes, no le confiaría un proyecto importante.”
Yo tenía 24 años y acababa de conseguir mi primer empleo como ingeniera estructural en una firma reconocida de Ciudad de México. Había estudiado con becas, sobrevivido meses enteros con café barato y dormido noches de cuatro horas para demostrar que merecía estar allí.
Mi padre, Arturo Vargas, apareció un martes a las 10:20 de la mañana vestido con traje azul, el cabello perfectamente peinado y una expresión de padre preocupado que habría convencido a cualquiera.
Excepto a mí.
Yo sabía por qué estaba allí.
Durante casi tres años le había depositado 22.000 pesos cada mes. Él decía que era mi obligación devolverle “todo lo que había gastado en criarme”.