Cuando finalmente le dije que no podía continuar porque necesitaba pagar mi propia renta y comenzar mi vida, no discutió conmigo.
Fue directamente a mi oficina.
Dos horas después de su visita, Recursos Humanos me llamó.
A las 5:00 de la tarde estaba guardando mis cosas en una caja de cartón.
Nadie quiso decir que me despedían por lo que había dicho mi padre. Hablaron de “riesgos”, “responsabilidades” y “confianza del cliente”.
Pero yo entendí perfectamente.
Esa tarde descubrí algo mucho más doloroso que perder un empleo.
Mi familia no quería verme independiente.
Querían verme útil.
Mi madre, Beatriz, apoyó la versión de Arturo. Mi hermana menor, Claudia, también. Antes de terminar aquella semana ya circulaba entre familiares, vecinos y conocidos la historia de que yo era una joven inestable que había perdido su trabajo por problemas emocionales.
No intenté convencerlos de nada.