—Nadie gasta tanto dinero en una casa para ver el rancho de otro —le había oído decir.
Papá lo ignoró y siguió regando. Pero Federico no era de los que aceptan que los ignoren. Llevaba menos de un año en el barrio y ya creía tener derecho a decidir qué podía sembrar mi padre en tierra que nuestra familia poseía desde siempre.
El jueves llegó el inspector municipal, un joven con tablilla y carpeta, visiblemente incómodo.
—¿Señor Ibarra?
—Soy yo —dijo papá, limpiándose las manos con un trapo.
Explicó que había una queja formal por uso agrícola no autorizado. Apenas pude contener la rabia.
—¡Mi padre siembra verduras en su propio patio!
—Entiendo su frustración, señora. Pero debo investigar las quejas sobre uso de suelo.
—¿Va a obligar a un hombre de setenta y nueve años a destruir lo que cuida desde hace décadas?